El intervalo
…lo que ocurre entre una sonrisa y un suspiro
Esta mañana, en el dieciocho, observé algo que ocurre todos los días y que, sin embargo, rara vez miramos de verdad.
Casi todos llevaban auriculares.
Los que no, miraban el teléfono igual.
Nadie miraba a nadie, o si lo hacían, yo no lo vi.
Frente a mí, una chica con abrigo azul y fular rojo sostenía el móvil con las dos manos.
De pronto, sonrió.
Fue una sonrisa pequeña, casi secreta, como si alguien al otro lado hubiera dicho algo que solo ella podía entender.
Unos segundos después, suspiró.
Me pregunté qué había pasado en ese intervalo. Si había sido una broma, una buena noticia, o simplemente nada importante. Si la persona del otro lado lo sabría.
El autobús avanzó.
La escena desapareció con la misma rapidez que llegó.
Nadie pareció haberla notado.
Yo llevaba un rato mirando a la gente, sin teléfono, sin auriculares, cuando la vi.
Y eso me dejó con algo que no terminaba de irse: ¿cuánto de lo que sentimos ocurre en lugares que nadie más puede ver?
Miramos muchas vidas, pero no siempre las sentimos.
Podemos saber lo que alguien hace al otro lado del mundo en cuestión de segundos.
Ver sus fotos, leer sus palabras, seguir fragmentos de su vida como si camináramos a su lado.
Y, sin embargo, a veces tengo la sensación de que algo, no sé bien qué, se nos escapa en el camino.
No sé si es que aprendemos a mirar y olvidamos estar, o si siempre fue así y antes simplemente no teníamos dónde poner la mirada.
Cuando el autobús frenó en la siguiente parada, levanté la vista.
Nadie estaba mirando por la ventana.
Todos mirábamos una pantalla.
Caí en la cuenta entonces que quizá lo que nos falta no tenga que ver con comunicarnos más rápido, sino con algo mucho más sencillo.
Aprender a estar con nosotros mismos.
A no llenar cada pausa con ruido.
Aunque no siempre sé qué aparece cuando el mundo se queda en silencio.
A veces, nada.
Y otras, demasiado.
Porque quizás la conexión más profunda no ocurra cuando hablamos con todo el mundo, sino cuando volvemos, aunque sea un momento, a escucharnos.
Mientras bajaba del autobús me pregunté: si dejara el teléfono a un lado durante un rato, ¿qué parte de mí volvería a aparecer?
Gracias por leer mis escritos en «Dónde surge la magia».
Bea ✨
¿Cuándo fue la última vez que estuviste contigo mismo sin llenar el silencio?
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Qué bonito texto; me resuena. Tengo la manía de observar a la gente cuando voy en el metro. No me gusta ir con el móvil; me hace sentir vulnerable ante el entorno. Siempre me gustó reparar en esos detalles, como los que describes, e imaginarme la vida de esa persona: ¿a dónde estará yendo?, ¿tiene un día bueno o malo?, ¿por qué está angustiada?, ¿qué le habrá hecho tan feliz? Siento que en los gestos se esconden historias, y encuentro cierta belleza en inventarme esas minipelis. Pero lo que más me gusta es cuando detecto a alguien sin una pantalla, estando presente, quizás haciendo lo mismo que yo, o tal vez dejándose perder entre historias impresas. Y entonces, sonrío; no todos estamos alienados.
Es impresionante lo que describes, y muy bien escrito. Cada vez que viajo en metro en mi ciudad no puedo creer que todo el mundo ande tan enajenado pegado de la pantalla, yo no acostumbro mirar mi celular cuando salgo porque me perdería del paisaje (el metro acá es aéreo y se puede ver las montañas que rodea la ciudad), los rostros, los atuendos de la gente, los zapatos que siempre me gusta mirar porque en ellos adivino la personalidad de cada quien.